Edmundo Treviño

Seguí comprándole al fabricante que me decepcionó porque mis clientes pedían su producto

Abrí mercado para un fabricante, viví cambios de distribución y terminé decepcionado. La cercanía con mis compradores explica por qué continué trabajando con él y qué aprendí a cuidar.

Emprendimiento · 20 de octubre, 2026 · 5 min

Después de varias decepciones con un fabricante, yo ya no tenía ganas de seguir trabajando con él. Había cambios de distribución que me molestaron y decisiones que sentí como una traición. Sin embargo, mis clientes seguían pidiendo sus productos. Esa demanda pesó más que mi enojo al decidir cómo continuar.

La relación había empezado mucho antes, cuando encontré a esa empresa mexicana en una exposición. Su marca era reconocida en México, pero prácticamente no tenía presencia en Estados Unidos. Empecé a comprar poco y a buscar clientes. Para la fábrica no éramos una cuenta enorme; estábamos abriendo un mercado en el que apenas comenzaba.

El primer embarque lo recogí con mi mamá

Uno de los recuerdos que más me gusta de esa etapa es el viaje a Laredo con mi mamá para recoger producto. Lo cargamos en una van y una pickup, con remolques, y regresamos para empezar a comercializarlo. Así de pequeño y concreto era el comienzo: conseguir mercancía y salir a trabajarla.

Con el tiempo las compras aumentaron. Nosotros aprendíamos qué pedían los compradores y la fábrica iba viendo una operación más grande. Detrás de ese crecimiento había trabajo de venta, conversaciones y presencia en el mercado. Yo estaba construyendo una relación comercial que, desde mi perspectiva, merecía claridad cuando cambiaran las condiciones.

Enterarme de otro distribuidor cambió la relación

En el episodio cuento que yo hacía esfuerzos de venta en Houston y Dallas cuando apareció otra persona trabajando la distribución en Dallas. No me lo habían explicado antes. La otra persona tampoco sabía de los esfuerzos que yo ya estaba haciendo ahí. Para mí, esa falta de comunicación fue una decepción importante.

Después llegó otro distribuidor y volvieron a cambiar las condiciones que yo entendía sobre la exclusividad. También hubo precios muy agresivos en el mercado. Yo veía una relación de años y me preguntaba qué valor tenía todo lo que habíamos hecho para posicionar el producto. Me costaba separar esa molestia de las decisiones del negocio.

Hay algo que sí puedo contar con claridad: me cansé. La confianza y las ganas de trabajar con aquella empresa se habían desgastado. Esa parte emocional existía, aunque la operación siguiera teniendo clientes y pedidos. Continuar exigía entender qué estaba defendiendo y qué dependía todavía de ese proveedor.

Mis clientes tenían una razón para seguir comprando

La respuesta estaba en el contacto cotidiano con los compradores. Ellos conocían el producto, lo usaban y seguían solicitándolo. Yo podía estar decepcionado con la fábrica y al mismo tiempo reconocer esa preferencia. Dejar de escucharlos solamente para expresar mi enojo tampoco me parecía una buena manera de atender el negocio.

En la charla explico que llevábamos más de veinte años comercializando esos productos. Habíamos conseguido que la gente los conociera y prefiriera. Por eso, cuando pensé en terminar la relación, me encontré con algo que no se resolvía únicamente entre la fábrica y yo: la demanda que habíamos construido con nuestros clientes.

Eso no borró lo ocurrido. Cambió la forma en que evaluaba la continuidad. Seguí trabajando con la fábrica, pero empecé a mirar más opciones y a proteger mejor mi operación. La decisión de seguir comprando tenía que considerar al cliente, además de lo que yo sentía por el proveedor.

Estar cerca del comprador también cambió el producto

Una de las partes más valiosas de esa cercanía fue poder identificar necesidades que la fábrica no estaba viendo igual. Yo pedía ciertos productos y me respondían que no eran los que más se vendían. Desde el mercado que yo atendía, la oportunidad se veía distinta. Tenía conversaciones y solicitudes concretas para sostenerlo.

Terminamos participando en desarrollos y formulaciones. La marca pertenecía al fabricante, pero nuestra experiencia con los compradores aportaba información para trabajar el producto. Esa distinción me importa: distribuir también puede significar ayudar a entender qué hace falta, qué se está pidiendo y qué convendría desarrollar.

Por eso, cuando alguien me pregunta cómo hacer más fuerte una distribución, pienso en las personas que conocen al comprador. Quien escucha sus problemas y entiende por qué elige algo tiene información valiosa para conversar con la fábrica. Yo encontré ahí una parte importante de mi aportación, incluso después de perder confianza en la relación.

Lo que revisaría antes de depender de otra fábrica

Hoy me interesaría saber qué estoy construyendo junto al proveedor y qué recursos conservaría si cambian las condiciones. Mis clientes, el conocimiento del mercado y la capacidad de seguir buscando opciones merecen atención durante toda la relación. Esperar que la fábrica cuide por sí sola todo ese trabajo me dejó decepciones.

También me preguntaría si sigo escuchando al comprador con la misma atención con la que negocio precios y condiciones. En esta historia, los clientes fueron quienes me obligaron a pensar más allá del conflicto. Seguí vendiendo un producto que me pedían mientras aprendía a depender menos de una promesa. Esa es la parte de la experiencia que quiero conservar.

El episodio completo

Esta nota adapta mi experiencia contada en el vlog. Puedes ver el episodio completo: https://www.youtube.com/watch?v=Qzd0BFnw3m0

También puedes escuchar el episodio en audio: https://edmundotrevino.com/podcasts#vlogs-8779