Nací mexicano. Y hoy trabajo para traer mexicanos a Estados Unidos.
El 16 de septiembre no fue la independencia: fue el inicio de una guerra de once años. Celebramos el día que empezó, no el día que se ganó. Y creo que eso dice algo de cómo miramos hacia adelante.
Emprendimiento · 16 de Septiembre, 2026 · 3 min
Nací mexicano. Y hoy trabajo para traer mexicanos a Estados Unidos.
Nací en México y viví ahí la primera parte de mi vida. Pensé que siempre sería de Monterrey. Siempre fui orgulloso de ser regio, pero el camino me llevó a otra parte.
El segundo capítulo ha sido en Houston. En Texas. En el otro México.
Crecí asando carne, almorzando machacado y barbacoa. Me fascinan el aguamiel y las gorditas de elote, aunque quizá mis platillos mexicanos favoritos sean el mole y el chile en nogada.
Lo curioso es que el mejor mole de mi vida lo comí en Utah, no en Puebla. Y los mejores chiles en nogada, en Monterrey.
Soñé con la selección mexicana durante años. Hoy he descubierto que en el futbol mi única pasión son los Tigres. Pero nada me ha movido como ver jugar a mis hijos en tantas ciudades y torneos a los que en México difícilmente habrían podido acceder.
Hablamos español, pero también inglés. Amamos México, pero también sabemos que hay muchos otros lugares donde se vive bien.
Me duele México. Sigue siendo mi nacionalidad y allá está mi familia, mis raíces.
Traidor, para muchos
Hoy trato de trascender creando oportunidades de inversión no en México, sino trayendo mexicanos a Estados Unidos.
¿Traidor? Para muchos, sí.
Sobre todo para quienes seguramente pagan bastante menos impuestos que yo en México. Para quienes no generan los empleos que yo genero, directos e indirectos, gracias a la representación, promoción y distribución de cientos de productos mexicanos que llevo décadas vendiendo aquí, en Estados Unidos.
La fecha que celebramos no es la que ganamos
Hoy estoy convencido de que el día de la independencia no es más que una distracción.
Y no lo digo como frase. El 16 de septiembre de 1810 no fue la independencia: fue el inicio de una guerra que duró once años. La independencia se consumó el 27 de septiembre de 1821, cuando el Ejército Trigarante entró a la Ciudad de México. No la consiguieron Hidalgo ni Morelos, que para entonces llevaban años fusilados: la consumó Iturbide, a quien casi nadie celebra.
Celebramos el día en que empezó la guerra, no el día en que se ganó. Y al hombre que la empezó, no al que la terminó.
Así de tergiversada está nuestra historia. Y así de desenfocada, nuestra visión a futuro.
El cambio no va a nacer adentro
Estoy seguro de que el verdadero cambio de México no nacerá internamente, sino desde fuera. Y puede y debe venir de su principal socio comercial, de su principal acreedor e inversionista, del generador de sus remesas, de su vacacionista número uno.
No son adjetivos. Son cifras: el 43.3% de toda la inversión extranjera directa que recibe México viene de Estados Unidos. México es el principal socio comercial de Estados Unidos, con 74 mil millones de dólares de intercambio en un solo mes. Y 15,673 millones de dólares en remesas llegaron desde Estados Unidos en un solo trimestre.
Los mexicanos en Estados Unidos sostenemos gran parte de la economía de México.
Ya es tiempo de que también estemos representados en todos los órganos de gobierno. Y de que en cada elección le exijamos a nuestra familia allá que vote por quien realmente piensa en el inmigrante, en el empresario, en el exportador, en quien busca que México siga recibiendo miles de millones de dólares desde este lado.
La independencia que sí está pendiente
No creo que nos podamos independizar de Estados Unidos en esta vida.
Lo que sí creo viable es independizar nuestra mente de las ataduras que nos mantienen como país en vías de desarrollo. Aunque viendo los últimos años, dudo mucho que estemos en vías: me temo que simplemente nos quedamos como país del tercer mundo.
Hay demasiado por hacer, más que vender nuestra mano de obra barata.
Es momento de crecer.