Edmundo Treviño

Lo nuevo y lo viejo

El evangelio de este domingo cierra con una línea que casi nadie subraya, y que ordena mejor un negocio que la mayoría de los libros de management: sacar del tesoro lo nuevo y lo viejo.

Emprendimiento · 26 de Julio, 2026 · 5 min

El evangelio de este domingo (Mateo 13,44-52) es el de las parábolas cortas: el tesoro escondido, la perla de gran valor, la red barredera. Casi siempre se predica sobre las dos primeras. Pero el pasaje cierra con una línea que nadie subraya y que, si la lees con cabeza de empresario, ordena un negocio mejor que la mayoría de los libros de management.

«Todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino se parece a un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo viejo.» (Mt 13,52)

Lo nuevo Y lo viejo. No lo nuevo en lugar de lo viejo. La conjunción es todo el mensaje.

Las dos caídas

Llevo más de veinte años en negocios tradicionales. De esos que a nadie le emocionan cuando los explicas en una cena. Y en todo ese tiempo he visto a la gente caerse siempre por uno de dos lados.

El primero es el que sólo saca lo viejo. Tiene oficio, tiene años, tiene razón en muchas cosas. Pero convirtió su experiencia en una trinchera. Defiende el «así lo hemos hecho siempre» hasta que un día el mercado deja de preguntarle. No lo tumba un competidor más listo: lo tumba el tiempo, que es un competidor al que nadie le gana discutiendo.

El segundo es el que sólo saca lo nuevo. Cambia de herramienta cada trimestre, se emociona con cada tendencia, habla el idioma del momento. Se ve moderno. Pero no construye nada que aguante, porque nunca deja que algo madure lo suficiente para dar fruto. Confunde movimiento con avance.

El texto no premia a ninguno de los dos. Premia al que administra bien su casa y sabe de dónde sacar cada cosa.

Qué es lo viejo y qué es lo nuevo

Lo viejo es el oficio. El criterio. La palabra que se cumple. La forma de tratar a un cliente cuando algo salió mal. La honestidad en el precio. Eso no se negocia, no se optimiza y no se somete a prueba A/B. Es el tesoro, y por eso está guardado.

Lo nuevo son las herramientas, los procesos, los canales, la tecnología. Eso se cambia sin drama y sin luto. El que le tiene cariño a una herramienta ya perdió: se enamoró del martillo en lugar de la casa.

La mayoría de los negocios que se están quedando atrás no tienen un problema de tecnología. Tienen un problema de clasificación: metieron el oficio en la caja de lo desechable y la herramienta en la caja de lo sagrado.

El tesoro cuesta lo que dejas fuera

Antes de esa línea van las dos parábolas famosas. El hombre que encuentra el tesoro escondido en el campo va, vende todo lo que tiene y compra ese campo. El mercader que busca perlas finas encuentra una de gran valor y hace exactamente lo mismo.

Nadie predica la parte incómoda: vende todo lo que tiene. Queremos el tesoro sin soltar nada. Queremos la perla y las otras diecinueve perlas mediocres que ya teníamos en el cajón, por si acaso.

El foco no es una técnica de productividad. Es una renuncia. Y el precio del foco siempre es el mismo: lo que dejas fuera. Si tu estrategia no te dolió al escribirla, probablemente no era una estrategia, era una lista de deseos.

Fíjate además en el orden de la segunda parábola: el mercader estaba buscando. No se tropezó con la perla en la banqueta. La suerte llega mucho más seguido a la gente que ya andaba en la calle.

La red no discrimina en la entrada

La tercera parábola es la que más se parece a un negocio real. Echan la red al mar, recoge peces de toda clase, la sacan a la orilla y ahí se sientan a separar lo bueno de lo malo.

La red no discrimina en la entrada. Discrimina en la orilla. Todo negocio funciona así: entran clientes buenos y clientes que te van a costar dinero, entran empleados que van a crecer y otros que no, entran ideas que valen y ruido que se disfraza de idea. Pretender filtrar todo desde la entrada es una fantasía que paraliza.

El trabajo no es evitar que entre lo malo. El trabajo es sentarse a separar, y hacerlo a tiempo. Casi todos los negocios que he visto sufrir no sufrían por falta de red. Sufrían porque nunca se sentaron en la orilla.

Tres preguntas para el lunes

1. ¿Qué estoy defendiendo por costumbre y no por criterio? Eso es lo viejo mal clasificado.

2. ¿Qué perla mediocre sigo cargando sólo porque me costó conseguirla? Eso es lo que te impide comprar el campo.

3. ¿Cuándo fue la última vez que me senté en la orilla a separar? Si no te acuerdas, ya sabes qué agendar.

El fondo

Hay quien separa la fe del negocio como si fueran dos cuartos de la misma casa que nunca se visitan. A mí me ha pasado lo contrario: los textos que llevan dos mil años funcionando dicen cosas sobre criterio, sobre foco y sobre el costo de las decisiones que ninguna consultoría me ha dicho mejor.

En los negocios y en la vida, el que quiere quedarse con todo termina sin nada. Y el que sabe qué guardar y qué soltar puede sacar de su tesoro lo nuevo y lo viejo durante décadas, sin quedarse sin fondo.