Edmundo Treviño

La tormenta ya estaba ahí cuando saliste de la barca

Casi nadie se hunde por las condiciones. Se hunde cuando cambia lo que está mirando. El evangelio de este domingo cuenta a alguien que camina sobre el agua en plena tormenta y se hunde justo cuando se pone a mirar el viento, y la primera lectura remata la idea: lo que de verdad avisa casi nunca hace ruido.

Emprendimiento · 9 de Agosto, 2026 · 5 min

Hay una conversación que he tenido decenas de veces y que siempre empieza con la misma frase: no es buen momento. El mercado está raro, las tasas están altas, el año viene difícil, hay elecciones, hay incertidumbre. Y todo eso es cierto. Nunca he visto que no sea cierto.

Llevo veinticuatro años emprendiendo. Vine por cinco. Y si algo aprendí es que el buen momento del que hablamos no existe como momento: existe como recuerdo. Siempre está tres años atrás, cuando en realidad tampoco lo era.

La escena

El evangelio de este domingo (Mateo 14, 22-33) cuenta una escena de noche y de mal tiempo. Jesús manda a los discípulos por delante en la barca y se queda solo a orar. La barca va lejos de tierra, sacudida por el oleaje, con el viento en contra. De madrugada él se les acerca caminando sobre el agua y ellos se asustan: creen que es un fantasma. Él les habla y les dice que se tranquilicen, que es él, que no tengan miedo.

Entonces Pedro hace algo que a mí me parece muy de emprendedor: pide una prueba en la que él tiene que arriesgar. Si eres tú, dile que vaya hacia ti sobre el agua. Y va. Camina. Y a mitad del camino ve el viento fuerte, le entra miedo, empieza a hundirse y grita pidiendo ayuda. Jesús extiende la mano, lo agarra y le pregunta por qué dudó.

El detalle que se nos pasa

La tormenta ya estaba ahí cuando salió de la barca.

No empeoró el clima a mitad del trayecto. No se levantó un viento nuevo. Las condiciones eran exactamente las mismas cuando dio el primer paso que cuando se hundió. Lo único que cambió fue a dónde estaba mirando.

Eso me parece mucho más útil que la lectura fácil de esta escena. La lectura fácil es ten fe y todo saldrá bien, y esa no me sirve para trabajar el lunes. La otra sí: casi ningún negocio se cae por las condiciones. Se cae porque el dueño dejó de mirar a dónde iba y se puso a mirar el viento, que además es lo más ruidoso del paisaje y lo más fácil de mirar.

Las condiciones no son la atención

Vale la pena separar dos cosas que confundimos todo el tiempo. Una son las condiciones: la economía, la competencia, el costo del dinero, lo que hace el gobierno. Sobre eso no decides nada. La otra es tu atención: qué revisas, con quién hablas, qué mides, en qué gastas las mejores horas de tu semana. Sobre eso decides todo.

El que se hunde casi nunca es el que tiene peores condiciones. Es el que puso toda su atención en las condiciones. Conozco gente brillante que puede explicarte con detalle por qué el año está difícil y no puede decirte cuánto le cuesta traer un cliente nuevo.

Lo que de verdad avisa no hace ruido

La primera lectura de hoy (1 Reyes 19, 9. 11-13) le pone el otro lado a la misma moneda. Elías está escondido en una cueva, huyendo, agotado, y se le dice que salga porque el Señor va a pasar. Pasa un viento huracanado que rompe las peñas, y no está ahí. Pasa un terremoto, y tampoco. Pasa un fuego, y tampoco. Después viene una brisa suave, un susurro, y ahí Elías se cubre la cara porque entiende que eso sí es.

Tres cosas espectaculares y ninguna era la importante. Eso pasa en los negocios todas las semanas.

El huracán es el competidor que sacó algo nuevo, la noticia que te puso nervioso, el mes malo. El susurro es el cliente que dejó de llamar y nadie notó, el margen que lleva medio año bajando dos puntos, el buen empleado que ya no opina en las juntas. Nada de eso hace ruido. Todo eso te tumba.

A mí me pasó con el reporte más callado de todos. Yo sé leer un estado de resultados; lo que nunca aprendí a leer fue el flujo de efectivo. El estado de resultados hace ruido: te dice si ganaste. El flujo de efectivo susurra: te dice si vas a seguir aquí el mes que entra. Tardé años en abrirlo, y no fue por falta de información. Fue por estar mirando el viento.

La mano llega mientras te hundes

Hay un último detalle que a mí me costó más trabajo que todos los anteriores. Pedro no pide ayuda cuando ya se compuso. Pide ayuda mientras se está hundiendo, en el peor momento, sin haber arreglado nada. Y la mano le llega ahí.

Nosotros hacemos lo contrario. Esperamos a tener el problema resuelto para contarlo. Pedimos consejo cuando ya no lo necesitamos, buscamos socio cuando ya no hace falta, hablamos con el contador en abril cuando el año ya cerró y ya no se puede cambiar nada. Le llamamos prudencia. Casi siempre es orgullo, y sale carísimo.

Para esta semana

Dos cosas concretas, que es lo único que sirve de un domingo.

La primera: escribe cuál es tu susurro. El indicador de tu negocio que no hace ruido y que si se mueve tres meses seguidos te cambia el año. Uno solo. Ponlo donde lo veas el lunes.

La segunda: piensa en la conversación que estás posponiendo hasta tener las cosas en orden, y tenla antes. Con quien sea. La mano no llega cuando terminas de componerte.

La tormenta va a seguir ahí. Ya estaba ahí cuando saliste de la barca.