Edmundo Treviño

La persona que tu negocio está formando

Las bienaventuranzas de Mateo 5 invitan a revisar la humildad, la firmeza y la honestidad con las que dirigimos. Una reflexión para mirar qué hábitos crecen junto con el negocio.

Emprendimiento · 1 de noviembre, 2026 · 6 min

Jesús ya está sentado en el monte. Los discípulos se acercan y él empieza a enseñar. La escena de Mateo 5, 1-12a, el Evangelio de este domingo de Todos los Santos, me detiene en una pregunta que pocas veces aparece en un reporte de resultados: qué clase de persona estoy llegando a ser mientras construyo lo que quiero construir?

En el pasaje, la felicidad se vincula con la humildad, la misericordia, la justicia y la paz, incluso en medio del sufrimiento. Al llevar esa lectura a mi trabajo, necesito examinar algo que puede pasar inadvertido cuando las cosas avanzan: los hábitos que repito para conseguir un resultado. Una decisión se cierra en minutos, pero la forma de decidir puede quedarse conmigo mucho tiempo.

La lección que quiero llevarme

Dirigir un negocio también exige cuidar la persona en la que nos convierten nuestras decisiones repetidas.

Esta es una aplicación personal del Evangelio al emprendimiento. Las bienaventuranzas hablan de nuestra relación con Dios y de una esperanza que alcanza toda la vida. Su sentido supera cualquier objetivo de una empresa. Precisamente por eso pueden ayudarme a revisar la manera en que trabajo, sin convertir la fe en una promesa de ventas, dinero o reconocimiento.

La facilidad de acostumbrarnos

Un negocio necesita vender, cobrar, cumplir y sostener a quienes trabajan en él. Los números merecen atención. También la merece lo que hacemos cuando hay presión por alcanzarlos. Puedo acostumbrarme a exagerar una ventaja para cerrar más rápido, a ocultar una duda para conservar autoridad o a tratar una pregunta como una molestia porque ya quiero avanzar.

La repetición vuelve familiares esas respuestas. Con el tiempo puedo dejar de sentir que estoy tomando una decisión y empezar a llamarla mi manera de trabajar. Ahí conviene detenerme. Algunas costumbres merecen conservarse; otras necesitan una corrección aunque todavía produzcan resultados. El hecho de que una práctica se repita en un sector tampoco me exime de decidir si quiero hacerla propia.

Me sirve una revisión concreta: pensar en una decisión de esta semana y describir cómo la tomé. A quién escuché, qué dato preferí dejar fuera y qué respuesta di cuando apareció una dificultad. Es más fácil examinar esos hechos que declararme, de forma general, una persona honesta o un buen líder. Los valores se vuelven visibles en acciones que alguien puede reconocer.

Humildad para dejar espacio a una corrección

En el trabajo, encuentro una aplicación de la humildad cuando acepto que puedo estar equivocado. Puedo conocer bien mi producto y aun así desconocer una dificultad de quien lo usa. Puedo tener experiencia y necesitar que otra persona me explique un cambio. Reconocer ese límite permite hacer una pregunta antes de comprometer dinero, tiempo o una relación.

La autoridad conserva su responsabilidad de decidir. Escuchar una objeción no obliga a aceptar cualquier propuesta, pero sí pide entenderla antes de descartarla. Una pregunta útil puede ser qué tendría que comprobar para cambiar de opinión. Si la respuesta es que nada podría hacerlo, conviene revisar si estoy defendiendo una decisión o protegiendo mi orgullo.

Firmeza sin hacer del enojo un método

También puedo revisar cómo pongo límites. Una condición comercial necesita explicarse; un incumplimiento puede requerir consecuencias. La conversación tiene un propósito concreto: aclarar lo ocurrido, decidir qué sigue y dejar una expectativa comprensible. El volumen de mi voz o la vergüenza de otra persona no hacen más preciso ese trabajo.

La firmeza se prepara mejor cuando separo los hechos de las suposiciones. Qué se acordó, qué sucedió, qué información falta y qué decisión me corresponde tomar. Esto deja espacio para escuchar y también para sostener una negativa. La calma merece practicarse especialmente cuando tengo poder sobre la otra parte, porque mi reacción puede determinar si todavía se atreve a decirme lo que necesito saber.

Una venta que permite ver el problema

Imagina este caso hipotético. Una empresa ofrece un servicio y el cliente quiere contratarlo para una fecha que todavía depende de un proveedor. La venta ayudaría a alcanzar el objetivo del mes. Quien vende puede presentar la fecha como segura o explicar la dependencia antes de que el cliente decida. La diferencia parece pequeña mientras sólo se observa la posibilidad de cobrar.

Si explica la situación, puede proponer una fecha que sí esté en condiciones de sostener, precisar qué falta confirmar o reconocer que todavía no puede asumir ese compromiso. El cliente puede aceptar, negociar o buscar otra opción. La claridad no asegura el cierre de la venta. Le permite decidir con información y permite que la empresa se haga responsable de una promesa que comprende.

Ese ejemplo me interesa por la costumbre que puede crear. Si cada dificultad comercial se resuelve prometiendo más de lo que sabemos, el equipo aprende a esconder la incertidumbre. Si la incertidumbre se explica y se trabaja, aprende otra manera de vender. El resultado de una operación importa; también importa la regla que estamos enseñando con ella.

La misericordia necesita responsabilidad

Hay otra revisión posible cuando alguien se equivoca. Antes de decidir, necesito distinguir qué dependía de esa persona, con qué recursos contaba y qué consecuencia tuvo lo ocurrido. Escuchar puede revelar una falta de capacitación, una instrucción contradictoria o un incumplimiento que debe atenderse. Cada situación pide una respuesta proporcionada.

Tratar a alguien con dignidad permite corregir una conducta sin reducir toda su persona a ese error. También exige hacerse cargo del daño y proteger a quienes lo sufrieron. Dar seguimiento, aclarar una expectativa y comprobar una mejora son formas concretas de acompañar una corrección. La buena intención necesita convertirse en una respuesta que pueda sostenerse.

Tres acciones para esta semana

1. Elige una decisión que te esté presionando. Escribe el resultado que buscas y una condición de conducta que quieras cuidar mientras lo persigues. Por ejemplo: explicar una incertidumbre antes de vender o escuchar la versión de una persona antes de atribuirle un error. Describe una acción que puedas reconocer al final de la semana.

2. Pide una observación concreta a alguien que trabaje contigo. Pregunta en qué momento de la semana resultó difícil plantearte una duda o una mala noticia. Escucha el ejemplo completo. Revisa qué hiciste tú y qué parte necesitas aclarar o corregir. Evita prometer un cambio amplio antes de entender el hecho.

3. Practica una corrección pequeña y revísala el viernes. Puede ser dejar por escrito una condición de venta, cambiar la forma de abrir una conversación difícil o reconocer una decisión propia que necesita ajuste. Anota qué hiciste y qué falta. El seguimiento ayuda a que la reflexión tenga una consecuencia en la manera de trabajar.

Lo que crece junto con la empresa

Vuelvo al monte y a la pregunta del inicio. Al pensar en el futuro de un negocio, también puedo pensar en la persona que ejercerá autoridad si ese proyecto crece. Las decisiones de hoy preparan esa forma de dirigir. Quiero poder reconocer los hábitos que me ayudan a ser más honesto, más capaz de escuchar y más responsable de lo que prometo.

Este domingo de Todos los Santos me deja esa tarea cercana: revisar una decisión real y practicar una forma mejor de tomarla. Una reflexión sobre la fe puede continuar después de cerrar la lectura, en la siguiente conversación que tengo pendiente.

Qué hábito concreto vas a practicar esta semana para cuidar tu manera de dirigir?