Edmundo Treviño

Hay dos preguntas, y casi todos contestamos la primera

El evangelio de este domingo separa a propósito dos preguntas: qué dice la gente y qué dices tú. La primera se contesta con información; la segunda, con una decisión. En los negocios pasa igual, y llevo años confundiéndolas.

Emprendimiento · 23 de Agosto, 2026 · 4 min

Durante años medí mi negocio por lo que decía la gente de él.

No lo habría dicho así. Habría dicho que escuchaba al mercado, que estaba atento, que me importaba la opinión del cliente. Todo eso suena a virtud. Pero si me hubieras preguntado quién era mi empresa, te habría contestado con lo que otros decían de ella.

El evangelio de este domingo se me quedó atravesado por eso.

Dos preguntas, no una

La escena está en Mateo 16, 13-20. Jesús llega con sus discípulos a una región al norte, lejos de casa, y les hace una pregunta. Quiere saber quién dice la gente que es él.

Ellos contestan rápido. Le repiten lo que se oye por ahí: unos dicen una cosa, otros dicen otra, cada quien lo compara con algún profeta conocido. Es una respuesta cómoda. No compromete a nadie. Es un reporte.

Y entonces cambia la pregunta. Les pregunta a ellos, directamente, quién dicen que es él.

Ahí se acaba el reporte.

La primera pregunta se contesta con información. La segunda se contesta con una decisión. Y son tan distintas que el texto las separa a propósito: primero deja que digan lo fácil, y después les quita el escondite.

El reporte y la decisión

En los negocios pasa igual.

La primera pregunta, qué dicen de nosotros, tiene respuestas abundantes. Encuestas, reseñas, comentarios, lo que opinó el competidor, lo que dijo un cliente enojado un martes. Todo eso es real y sirve. Pero es un espejo, y un espejo no decide nada.

La segunda pregunta, qué somos nosotros, casi nadie se la hace en voz alta, porque contestarla cuesta. En el momento en que dices qué es tu negocio, estás diciendo también qué no es. Estás cerrando puertas. Estás quedándote sin la comodidad de ser un poco de todo.

He pasado años enteros contestando la primera y creyendo que estaba contestando la segunda.

Lo que pasa cuando alguien sí contesta

En el relato, uno contesta. Pedro. Y no responde con una encuesta: responde con una convicción, en primera persona, sin consultarlo con los demás.

Lo que sigue es lo que me llama la atención. No recibe un aplauso. Recibe un nombre nuevo y recibe unas llaves.

Me parece una descripción exacta de cómo funciona la responsabilidad. A la persona que se define, se le entrega algo. No como premio: como consecuencia. El que dice con claridad quién es, se vuelve el que puede abrir y cerrar.

Y al revés también: mientras uno siga contestando con lo que dicen los demás, nadie le entrega llaves de nada. No por castigo. Porque no hay a quién entregárselas.

La llave se entrega, y también se quita

La primera lectura de hoy, de Isaías 22, 19-23, es todavía más incómoda, y creo que es la que menos se comenta de las tres.

Ahí hay un administrador que ocupa un puesto de confianza en la casa del rey y es removido de él. Lo sacan. Y la llave de la casa pasa a otro hombre, que la carga al hombro, y con ella la autoridad de abrir sin que nadie cierre y de cerrar sin que nadie abra.

Dos cosas de esa imagen se me quedaron.

La primera: la llave no es un título, es un peso. Va al hombro. La autoridad de verdad no se cuelga en la pared, se carga.

La segunda: la llave cambió de manos. El puesto no era del que lo tenía. Estaba a su cuidado.

Cualquiera que haya tenido un socio o un puesto de confianza sabe que eso es literal. Y duele siempre por la misma razón: uno se acostumbra a creer que la llave es suya.

Lo que no se puede calcular

La segunda lectura, Romanos 11, 33-36, cierra distinto. No da una instrucción. Es un momento en el que el que escribe se queda sin argumento y se pone a admirar: reconoce una profundidad de sabiduría que no se alcanza a medir, caminos que no se rastrean, y que nadie fue consejero de Dios ni le prestó nada primero para que se lo devolviera.

A mí eso me ordena algo. Puedo trabajar, decidir, planear, quedarme despierto. Y aun así hay una parte del resultado que no está en mi hoja de cálculo.

No lo digo para quitarle mérito al esfuerzo. Lo digo porque el que cree que todo dependió de él termina insoportable cuando gana e inservible cuando pierde.

La pregunta para esta semana

Si tuvieras que contestar hoy, sin consultarle a nadie, qué es tu negocio y qué no es, ¿podrías?

No lo que dice tu página. No lo que contestarías en una entrevista. Lo que sabes.

Porque de esa respuesta cuelga todo lo demás: a quién le vendes, a quién le dices que no, qué contratas, qué dejas ir. Y mientras esa respuesta siga siendo prestada, vas a seguir administrando una casa cuya llave carga otro.

Todavía no la tengo redonda. Pero ya sé cuál de las dos preguntas venía contestando.