Edmundo Treviño

El premio que terminó colgado en la pared de alguien más

El año pasado recibí el mayor reconocimiento de mi carrera en el peor momento de mi vida personal. Este fin de semana entendí para qué servía.

Emprendimiento · 2026-08-18 · 5 min

El año pasado recibí el reconocimiento más grande que ha tenido mi empresa. Nos nombraron los mejores del país en lo que hacemos, entre miles.

Nunca pensé que algo así nos pudiera pasar. Y llegó en uno de los peores momentos personales de mi vida.

Esas dos cosas ocurrieron el mismo año, casi el mismo mes. Por fuera, el mejor año. Por dentro, uno de los más duros. Cualquiera que haya construido algo sabe que esas dos líneas casi nunca coinciden, y que la de afuera es la única que la gente ve.

Guardé el reconocimiento. Lo vi muchas veces. Nunca supe bien qué sentir con él.

Este fin de semana lo entendí.

El hombre que no debía estar ahí

Dimos un curso de capacitación. Gente que quería aprender a hacer mejor su trabajo, un fin de semana completo, nada extraordinario. Lo hemos hecho decenas de veces.

Entre los que llegaron había un hombre que manejó muchísimas horas para estar ahí. No lo supe hasta el final, cuando se acercó a agradecer.

Me contó que le había costado un mundo hacer el viaje. Que su hijo está internado. Que días antes el muchacho había atravesado una crisis muy grave, de esas después de las cuales una familia ya no vuelve a ser la misma. Que estuvo a punto de no venir.

Y me dijo una frase que no se me ha salido de la cabeza: algo me dijo que viniera.

Se fue contento con lo que aprendió. Pero antes de irse me pidió un favor. Que si le podía escribir un mensaje a su hijo. Una carta. Algo.

Por qué no le regalé una playera

Mi primer impulso fue el impulso de siempre: darle algo de la empresa. Una playera, una gorra, un detalle. Es lo que uno tiene a la mano.

Y no. Sentí clarísimo que eso no alcanzaba, y que tampoco podía ser algo que se comprara.

Entonces me acordé del reconocimiento.

Decidí regalárselo a su hijo. Enmarcado, tal cual me lo entregaron. Para un muchacho que no me conoce, que está pasando por lo más oscuro que le ha tocado, y que no tiene idea de quién soy.

Se lo mandé con un mensaje: que ese premio llegó a mis manos en el peor momento de mi vida personal. Que cuando más negras se ven las cosas, Dios siempre encuentra la manera de manifestarse. Que a veces se manifiesta como un papel enmarcado que un desconocido decidió que era más tuyo que suyo.

El padre me abrazó varios minutos. Lloramos juntos. Ahí, de pie, en medio de todo.

El rendimiento que no aparece en ningún reporte

Llevo veinticuatro años en esto. He leído miles de estados de resultados, los míos y los de otros. Sé perfectamente qué línea hay que mirar y en qué orden.

Y este fin de semana volví a comprobar algo que ningún reporte registra: las satisfacciones más grandes que existen en este planeta no se compran con dinero.

No lo digo como frase bonita de domingo. Lo digo como alguien que se dedica a medir. Ese premio, en mi pared, valía exactamente cero. Ningún cliente lo iba a ver. Ninguna venta dependía de él. En la pared de ese muchacho, en cambio, puede valer una vida.

Ese es el rendimiento. Y no hay renglón donde anotarlo.

Por eso ya no lo llamo negocio

Cada vez estoy más convencido de que lo que estamos construyendo, con todos los que participan en esto, no es un negocio. Es algo más integral. Es un movimiento.

Ese grupo tiene nombre: se llama Comprando América. Es donde conté esto por primera vez, unas horas después de que pasara, todavía con el nudo en la garganta. Nació para acompañar al que quiere construir algo en Estados Unidos, y terminó siendo también un lugar donde se comparte esto otro. Lo que no se factura.

Vamos a obtener rendimientos financieros, claro que sí. Pero también de otros tipos, y los otros son los que se quedan.

Lo que más quiero es trascender. No como persona: como grupo. Que lo que hacemos toque vidas que ni siquiera sabemos que existen, en ciudades donde no hemos estado, en casas donde nadie nos conoce.

Este fin de semana pasó una vez. Con eso me basta para saber que puede volver a pasar.

Gracias a todos los que están en esto. Fue un fin de semana muy emocional, y sentí la importancia de compartirlo.

Seguimos adelante.

Si tú o alguien de tu familia está pasando por una crisis emocional, no lo enfrentes solo. En México, la Línea de la Vida atiende las 24 horas en el 800 911 2000. En Estados Unidos, marca o manda mensaje al 988. Pedir ayuda no es debilidad: es la decisión más valiente que vas a tomar.