Edmundo Treviño

El comprador me decía que no. Sus almacenistas me mostraron cómo entrar

Las visitas y las muestras no bastaban. Al escuchar al equipo que preparaba los pedidos, cambiamos el empaque y después revisamos especificaciones y precio. Así llegó la primera orden.

Emprendimiento · 29 de octubre, 2026 · 5 min

Conocí a un comprador en una exposición de Atlanta que parecía haber salido mal. Había tan poca gente que los propios expositores tratábamos de hacer negocio entre nosotros. Después del gasto y del esfuerzo para llegar, era fácil preguntarme para qué había ido.

Un señor se detuvo frente a lo que mostraba. Miraba, se iba y volvía. Cuando finalmente hablamos, me explicó que tenía una distribución y compraba a distintos proveedores. Yo iba acompañado por un fabricante colombiano. Me dio su tarjeta y quedamos en seguir conversando. De ese encuentro salió una relación que, años después, se convirtió en una de las más importantes para mi negocio.

No ocurrió de inmediato. Tardé meses en retomar el contacto, y la culpa fue mía: he sido malo para dar seguimiento. Después conseguí una visita con gente de la fábrica, conocimos lo que necesitaba y prometimos muestras. Las enviamos. Volvimos. Y el comprador seguía sin comprarnos.

No entendíamos por qué nuestra calidad no bastaba

Nosotros estábamos orgullosos del producto. Lo considerábamos de gran calidad y seguíamos invirtiendo en visitas y viajes. Algo nos decía que valía la pena insistir, pero todavía nos faltaba entender qué hacía difícil que ese cliente nos eligiera.

En las visitas empezamos a relacionarnos también con los almacenistas, la gente de logística y quienes preparaban los embarques. Eran las personas que recibían las piezas y tenían que convertirlas en pedidos listos para salir. Su trabajo no terminaba cuando una cotización se aprobaba; ahí comenzaba otra parte de la operación.

Al observarlos, vimos cómo empacaban el producto. Había una preparación que podíamos hacer desde la fábrica y entregarles resuelta. Se lo comenté a los ingenieros y empezamos a preguntar al equipo del cliente si recibirlo de otra manera les facilitaría el trabajo.

El empaque cambió la conversación

Los almacenistas nos explicaron que ese cambio podía ahorrarles tiempo y ayudarles a surtir más órdenes. Para mí fue una señal muy clara: estábamos hablando de una necesidad concreta que no habíamos resuelto con nuestro argumento sobre la calidad.

Ya no se trataba solamente de ofrecer una pieza. Queríamos que llegara de una forma que sirviera mejor a quienes la recibían y la embarcaban. Empezamos a preparar algunas muestras con ese criterio. La relación con el personal nos estaba ayudando a cambiar la propuesta, no simplemente a repetirla con más entusiasmo.

Con el tiempo, ese equipo comenzó a pedir internamente que nos compraran. Yo había llegado por la puerta del comprador, pero el interés crecía entre quienes veían una posibilidad de facilitar su propio trabajo. Es una parte de la venta que hoy procuro mirar con mucha más atención.

También tuvimos que revisar el precio

Cuando el comprador finalmente se abrió, fue directo. Según el análisis que nos mostró, estábamos entre veinticinco y treinta por ciento por encima de otras propuestas. Además, ya tenía demasiados proveedores y dudaba del servicio que recibiría si incorporaba uno más.

Sería cómodo contar esta historia como si escuchar a los almacenistas hubiera hecho desaparecer el precio. No fue así. La relación nos permitió llegar a una conversación que antes no teníamos. Después hubo que hacer un trabajo concreto con los costos y con lo que estábamos ofreciendo.

Nos llevamos la información y la revisamos con producción. Encontramos que ingeniería había llevado las tolerancias y especificaciones mucho más allá de lo necesario, encareciendo el producto hasta sacarlo de mercado. Ajustamos la propuesta para acercarla a lo que el cliente necesitaba, sin convertirla en un producto que nosotros consideráramos pobre. Entonces llegó la primera orden.

Con quién vas a hacer negocios

Más adelante conocimos al dueño y lo llevamos a la fábrica. En esa relación entendí cuánto importaba también la confianza en las personas con las que iban a trabajar. El producto seguía siendo importante, pero la conversación ya incluía nuestra disposición a conocer sus necesidades y responder a ellas.

En el episodio cuento que ese cliente lleva años comprándonos y se volvió nuestro principal cliente. No saco de ahí una receta que asegure el mismo resultado en otra empresa. Las visitas sirvieron porque nos ayudaron a descubrir algo y a modificarlo: el empaque, las especificaciones y la propuesta económica.

Por eso hoy no me basta con identificar quién firma la compra. También quiero entender quién recibe el pedido, quién lo prepara y quién tiene que resolver cuando algo llega de una forma que complica su trabajo. Escuchar a esas personas puede mostrarme problemas que no aparecen en la oficina de compras.

Cuando una venta lleva meses detenida, me preguntaría qué he aprendido en cada visita. Si sigo presentando exactamente lo mismo, quizá sólo estoy acumulando contactos. En esta historia empezamos a avanzar cuando dejamos que lo que nos decía el almacén cambiara lo que hacíamos desde la fábrica.

El episodio completo

Ve el episodio completo: https://www.youtube.com/watch?v=5Z18sl_vh5E

También puedes escucharlo en audio: https://edmundotrevino.com/podcasts#vlog-10280-comprador-almacen-28oct